Desaprovechamiento inmobiliario y atomización social

Alfredo Artigas Chaves, Sociólogo en El Rogle

En España, 4,7 millones de personas viven solas (INE, 2018). De estas, unos 2 millones son individuos que tienen 65 o más años. En algunos casos la soledad será elegida y satisfactoria, pero en muchos otros no. Una elevada proporción de estos necesita compañía y ayuda en casa de forma regular. En tiempos pasados serían familia y vecindario quienes se harían cargo, pero cada vez más recurrimos, para llenar este vacío, al trabajo remunerado, venga subvencionado por el sector público o pagado privadamente (si es que se tienen suficientes recursos económicos). Es decir, experimentamos una progresiva profesionalización de una cuestión tan íntima como los cuidados. Parece claro que se nos plantea un problema social que no se daba, o era muy residual, hace 100 años, entre otras cosas porque era extremadamente raro que la gente habitara sola.

Casas vacías y medio vacías

Y es que el número de personas que viven solas aumenta cada año1. Esto es, por una parte, un síntoma claro de atomización social, y por otra, un gran problema inmobiliario. Como sociedad estamos haciendo una muy mala utilización y aprovechamiento de la vivienda edificada, construyendo más bloques de pisos de los que necesitamos2, y llenándolos por debajo de sus capacidades.

Esto no es solo consecuencia del incremento de las personas que viven solas, obviamente. En general, los hogares españoles están formados cada vez por menos individuos (2,49 de media y bajando), mientras que el parque inmobiliario está dominado por casas de 2, 3 y 4 individuos. Porque una vivienda de 4 dormitorios donde viven 2 personas también está claramente poco aprovechada. Según este contraste entre residentes y número de habitaciones, se puede estimar que alrededor del 20%3 de la vivienda principal española está infrautilizada4. Y eso sin hablar del 14,6% de vivienda secundaria (solo ocupada algunas temporadas del año) y el 13,7%5 de vivienda vacía (donde no vive nadie).

Si a esto sumamos la gran cantidad de solares6 en medio de zonas urbanizadas y los edificios que permanecen a medio construir, podemos comenzar a hacernos una idea del despilfarro de espacio y de ladrillo que hemos tolerado en nuestro territorio.

Dicho de otra forma, construimos mucha más vivienda de la que nos hace falta, y perpetuamos, así, un modelo de ciudad expansiva considerado obsoleto y perjudicial tanto por los nuevos paradigmas urbanísticos como por los movimientos ecologistas y por el derecho al territorio. El suelo sin cementar es un bien muy escaso, y continuamos tratándolo como si nos sobrara.

Vecinas desconocidas

Pero a parte de estas malsanas consecuencias inmobiliarias, la reducción de la cantidad de personas que forman los hogares es también una de las muestras más claras de la progresiva atomización de nuestra sociedad.

Si hace 150 años la familia extensa era la forma predominante de hogar, a medida que avanzaba el siglo XX, la nuclear fue ganando protagonismo. En el XXI la realidad familiar y habitacional se ha diversificado mucho, pero encontramos algunos patrones comunes: como decíamos, el tamaño de las familias es cada vez menor, y la propia institución familiar se va viendo sustituida por unos itinerarios personales difusos y heterogéneos, que a veces dificultan la generación de vínculos a largo plazo. Actualmente, resulta normal que cada persona diseñe su proyecto vital de forma individualizada. De alguna manera, las propias relaciones sociales que tejemos (incluso si hablamos de formar una familia) son parte de este itinerario individual.

No concebimos la vida como una realidad común, a pesar de que, en diferentes sentidos, vivimos más cerca que nunca. No solo las tecnologías de comunicación y transporte tienen un potencial “de acercamiento” enorme, sino que, literalmente, la convivencia urbana implica que compartimos unas áreas reducidas con millares de seres de nuestra misma especie7. En un edificio de tamaño medio pueden estar viviendo al mismo tiempo un centenar de personas. Personas que pasan sus vidas a un par de metros de sus vecinas de arriba o de abajo, a las que probablemente nunca conocerán en profundidad.

Esta atomización conlleva que interpretamos como personales muchos problemas que en realidad son colectivos. Un ejemplo perfecto lo volvemos a encontrar en el ámbito de la vivienda: la gente que se ve desahuciada de su casa por no poder asumir una subida del alquiler o mantener el pago de una hipoteca, rara vez culpará a las dinámicas especulativas del mercado inmobiliario, sino que se sentirá fracasada o con una tremenda mala suerte por no haber conseguido defender su receptáculo residencial.

Así, no nos entrelazamos lo suficiente para poder ayudarnos y darnos comprensión en momentos complicados. Vivimos más juntas que nunca, pero cuando las ficciones creadas por el consumismo y el bienestar se rompen, nos sentimos aisladas, tristes8 y abandonadas, cosa que a la larga nos hace fáciles de asustar y manipular.

El reto de habitar en común

Y esta manera de vivir y pensar tiene mucho que ver con la forma que tenemos de habitar. Las ciudades se diseñan según patrones individualizados de vivienda, movilidad, trabajo, consumo… Se fragmenta, delimita y privatiza el espacio hasta límites ridículos, y solo permanecen públicas las pocas zonas que quedan en medio. Hasta cuando ciertas corrientes tratan de reimpulsar la convivencia con la creación de más y mejor espacio público, normalmente lo hacen como si este fuera un oasis esporádico en un desierto de parcelas privadas.

Obviamente este es el mundo donde nos hemos criado y donde sabemos movernos, e incluso a las personas que nos consideramos “críticas” nos costaría muchísimo renunciar a ciertos aspectos del individualismo y de la delimitación privativa que ahora “disfrutamos”. Pero si de verdad queremos ver cambios en nuestra realidad territorial, no podemos dejar de lado estas incómodas reflexiones. Necesitamos replantearnos nuestra forma de residir y de relacionarnos en todos los aspectos, y esto implica revisar desde las normativas de planificación y reordenación urbana como la forma que tenemos de cuidarnos en el día a día. Si queremos habitar de una manera más sostenible y saludable, y reapropiarnos del territorio, tenemos que recuperar, a todos los niveles, su dimensión común.

2 Esto, por supuesto, no es un «fallo de cálculo». El modelo económico español de los últimos 50 años ha tenido en la construcción inmobiliaria uno de sus elementos de arrastre, generando cuantiosos beneficios económicos para ciertos agentes que han estado (y continúan estando) muy interesados en la expansión urbana (http://www.expansion.com/empresas/inmobiliario/2019/01/27/5c4e0d06468aeb71668b45e6.html).

3 Consideramos “infrautilizadas” las viviendas de 3 dormitorios habitadas por 1 persona, y las de 4 o más dormitorios habitadas por 1 o 2 personas. Todo según datos del INE.

4 De forma que puede resultar contradictoria, mientras aumenta la infrautilización también lo hace (aunque en menor proporción), la sobreutilización o hacinamiento, fenómeno que padecen sobre todo los hogares más empobrecidos por no poder permitirse el acceso a una vivienda adecuada, y que representa otra parte del inadecuado aprovechamiento de nuestro parque inmobiliario.

5 El dato que da el INE es probablemente exagerado, pero aunque la redujéramos a la mitad, estaríamos hablando de cerca de 2 millones de viviendas vacías en el estado español.

6 Por ejemplo, en Valencia ciudad hay más de 5.000 solares.

7 En una ciudad como Valencia tenemos una densidad de población de 6.019 habitantes por km², mientras que la media de densidad en el medio rural español sería de 18 habs/km².

8 Un 7,5% de la población española toma antidepresivos de forma regular y recetada . La que lo hace de forma esporádica o “no controlada” superará por mucho esta cifra. I se supone que somos uno de los países más felices del mundo. (https://www.redaccionmedica.com/secciones/psiquiatria/espana-es-la-decima-potencia-mundial-en-consumo-de-antidepresivos-4230 )

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